Hace ya algunos años que se especula con la llegada de la Inteligencia Artificial a nuestras vidas y en cómo afectaría a la sociedad? Pero HOY, esta esperada tecnología ya está entre nosotros y ahora nos toca adaptarnos a ella lo antes posible. Rápidamente pero con inteligencia humana..!
La Inteligencia Artificial
tiene la capacidad de cruzar y evaluar datos y tomar a partir de allí,
decisiones en función de los parámetros con los que haya sido configurada, esta
“herramienta” permite automatizar infinidad de procesos y avanzar de forma
mucho más ágil a las empresas y personas humanas, ¿pero qué ocurre de ahora en más con la Inteligencia
Artificial en el Derecho?
A mi criterio se ha
abierto un nuevo mundo de posibilidades, pero también una nueva serie de
problemáticas que debemos saber abordar desde la óptica apropiada. Para ello se
hace necesario aprender nuevos conceptos jurídicos y nuevas formas de actuar
acordes con esta nueva realidad tecnológica y legislar en consecuencia.
Al igual que ha ocurrido
con otros muchos tipos de tecnologías, la IA llegó a nuestra realidad mucho antes
de que existiese un marco legislativo en el que poder encajarla. Esto ha hecho que muchas
instituciones que han empezado a utilizarla en su provecho, tanto públicas como
privadas, no sepan a ciencia cierta dónde
están los límites de esta provechosa herramienta, o qué cosas se pueden hacer y qué otras no con ella.
Por otro lado, nos hallamos
ante la posibilidad del surgimiento de diversos problemas éticos, ya que no
dejamos de hablar de una compleja estructura tecnológica con capacidad de
tomar decisiones que influirán sobre las vidas de las personas.
Una responsabilidad así no
puede –ni debe- dejarse únicamente en manos de la citada tecnología, y menos
aún en las de quienes la programan. De ahí la importancia de generar
recursos de Inteligencia Artificial en el Derecho.
La importancia de imponer
límites justos para todos y de poder defender o condenar a los responsables finales
de actos y hechos que no pueden quedar únicamente a expensas de lo que
decida un aparato programado,
por muy avanzado que este sea.
Pensemos por ejemplo ¿Cómo
determinar quién es el responsable de un accidente protagonizado por un
vehículo autónomo que ha tomado una decisión desacertada y ha provocado un siniestro?
¿Quién y cómo determinar las responsabilidades de un sistema de riego que no ha
detectado con corrección las necesidades de agua de un terreno y ha terminado
anegándolo o no aplicó el riego correspondiente?
Existen muchos tipos de
casuísticas que pueden darse con la aplicación de la Inteligencia Artificial,
algunos incluso difícilmente imaginables a día de hoy. De ahí la necesidad no solo de saber cómo reaccionar
desde el Derecho, sino también de saber cómo anticiparse.
La
principal razón por la que la tecnología (IA) no puede reemplazar a los
abogados/as es, que la práctica de la abogacía requiere de un conjunto
complejo de interacciones entre los seres humanos.
La
inteligencia artificial y el aprendizaje automático aún no pueden imitar estas
interacciones de persona a persona y si bien la tecnología puede automatizar
muchas tareas que realizan los abogados, no automatizará a los profesionales
abogados.
Si bien la tecnología ha afectado las interacciones de los
abogados de manera que permiten cierta automatización de algunas de estas
tareas, lo cierto es que la gran mayoría
de las interacciones personales de los abogados/as siguen requiriendo
espontaneidad, comunicación no estructurada e inteligencia emocional.
Inteligencia emocional, pensamiento lateral, comunicación no
estructurada y análisis socio-filosófico cultural que la (IA) no puede aún
suplir, aunque muchos profesionales con los que interactúo ya se predisponen
para una derrota antes de presentar batalla.
Para todos y todas digo, la única pelea que se pierde es
aquella que no se da.
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