Horacio permaneció casi dos años en la cárcel y era inocente. Ahora vive encerrado en
su casa.
Horacio Cerenez jamás pensó que ser alto le
acarrearía algún perjuicio. Es cierto, en sus primeros años de escuela recibió
alguna que otra cargada, pero en la secundaria los cuerpos se equipararon y fue
uno más en ese baile hormonal en el que muta la adolescencia. Hizo el servicio
militar, se transformó en chofer de larga distancia, tuvo tres hijos, se
interesó por la mecánica y tuvo "un buen pasar económico". Todo
cambió irremediablemente el 14 de octubre de 2010. Matías Sepúlveda cayó muerto
de un disparo en Cipolletti y Cerenez quedó involucrado en el asesinato sin
haber estado en el lugar del hecho, cuando el muchacho de 20 años fue golpeado
y atravesado por una bala que le quitó el aliento para siempre. Esta vez ser
alto fue el karma de Horacio. Por ese motivo pasó casi dos años en el penal de
General Roca, con una prisión preventiva que se hacía eterna y la sensación de
que jamás volvería a sentir el aire fresco.-
La pequeña mira tevé, despreocupada, riendo de
a ratos con las desventuras de un gigante moreno convertido en ángel por esos
caprichos de Hollywood. A su padre se le quiebra la voz y ella espía de reojo,
extrañada, y vuelve a la película. La niña acompañaba a su papá cuando quedó
detenido, lo vio perderse en una puerta que desconocía, no volver. Por meses,
largos meses. Ahora lo mira y su madre la acaricia. No hay forma de sacar a la
niña de la habitación donde se da la escena porque los Cerenez viven en una
precaria casa de un ambiente, de madera y necesidades, que en agosto ardió por
una vela que le habían encendido a San Cayetano.-
El único crimen que cometió Cerenez esa noche
del 14 de octubre fue llevar a Miguel Ángel Nuñez, a Rubén Nuñez y a Quico
Pérez al geriátrico de calle Dante Alighieri 1220. Al lado, en un local
acondicionado como departamento, vivía Sepúlveda, un chico que hacía las cosas
de los chicos de su edad: paseaba con su novia, trabajaba con su padre, se
divertía con amigos y tenía una perra bóxer. Fue la cachorra –eso al menos
según la causa– y sus ladridos los que generaron discordia con Fabián Nuñez,
que era el encargado del geriátrico "Sagrado Corazón de Jesús".-
Héctor Fabián y sus hermanos Miguel Ángel,
Rubén Ángel y Roberto Gutiérrez fueron condenados a prisión perpetua junto a
José Luis "Quico" Pérez por moler a golpes y asesinar al muchacho. Horacio Cerenez y un menor de edad terminaron absueltos.-
¿Qué sucedió? Los hechos se desencadenaron de
esta forma: Miguel, Rubén y Pérez fueron hasta la chacra de la Ruta 151 donde Cerenez tenía
el taller. Le llevaron una Traffic para arreglar y partieron en un Renault
Clio, que se quedó sin combustible. Cerenez salió a auxiliarlos, con su hija y
el cuñado a bordo de un Wolkswagen Gol. Le dicen "entraron a robar al
geriátrico de Fabián, llevanos..." Acata la orden. Los deja en el asilo.
Había policías. Comenta alguna que otra cosa con su cuñado y arranca. Ya de
regreso, ve el teléfono móvil de Rubén en el asiento. Lo olvidó. Vuelve al
geriátrico. Su peor error. Cuando fue a dejar el celular la policía lo encerró.
Lo detuvieron y estuvo 40 días en las Comisaría 24 del barrio Don Bosco. De
allí a la 32 para terminar en el penal de Roca.-
"En la cárcel son todos inocentes, viste
como es", repite como una letanía. Pero él verdaderamente lo era. Dos
fueron sus mayores "pecados": medir alrededor de 1,90 metros y regresar
esa noche para devolver un teléfono celular. Desde ahí la pesadilla fue en
incremento y lo que para él era una incipiente sospecha de ciudadano común se
tornó una irremediable certeza: la justicia es un intrincado sistema que de tan
útil y necesario, muchas veces es perverso.-
La realidad es que nunca hubo elementos para mantenerlo tras las
rejas. Hasta que apareció el testimonio de un carpintero que no lo apuntó
directamente, pero que dijo que en el grupo agresor "había un hombre
alto". Entonces cayó Cerenez. La causa ardía en una ciudad golpeada por
los casos macabros y sin resolución. "Fui el pelotudo de turno, eso
fui...", dispara Cerenez enfundado en un mameluco de mecánico, zapatillas
nuevas regaladas y mirada acuosa.-
Hasta que pasó lo que pasó, sólo había pisado una comisaría para
hacer trámites. Desde ese momento se encontró sumido en un oscuro mundo de
delincuentes, miedo, drogas y violencia. Perdió la libertad, el contacto con su
hija y casi 30 kilos. También la autoestima y parte de su personalidad.
"Está distinto, como ausente", murmura su mujer, el sostén
indestructible que tuvo durante su insufrible estadía. "No puedo dejar de
pensar en el penal, es una película de terror que me sigue todo el día",
explica Horacio, que demandará al Estado por lo sufrido.
–Ahora estás en libertad, es tiempo de reiniciar tu vida dice el entrevistador.
–Acá estoy casi preso, enterrado, mi vida ya no es la misma. No
puedo salir, no puedo salir... En mi cabeza suena el ruido de los candados y
pasadores. Ahora me persigo en la calle, no puedo volver al centro (de la
ciudad). Estoy preso en mi casa.
Como fueron los hechos probados en la causa, el tal Fabián discutió con Matías aparentemente por los ladridos del perro. Estaba con su hermano Roberto
Gutiérrez y el hijo menor de éste. Matías se encerró en el departamento junto
con tres amigos y su novia. Se produjeron entre 15 y 20 disparos a través de
los plásticos que cubrían la ventana (que no tenía vidrios). Los amigos se
escondieron, uno atrás de la cocina y el otro al costado de la heladera. El
chico salió al patio interno gravemente herido con un disparo en el hígado y
otro en el brazo. Allí lo golpearon hasta la muerte.-
"Qué cagada te mandaste", me decían
los policías en la comisaría, recuerda Cerenez. "Fui el primero en
declarar y en contar lo que sabía. Adentro no quise hacer ambiente con los del
penal. Ellos arreglaban la cuentas de afuera. Yo vi como mataban a tres ahí
adentro". Todavía toma mate en la chacra y piensa en la vida del encierro.
"22 mates hacía mi pavita", dice Horacio. Trataba de que no vieran su
debilidad. Se quedó sin abogado a la mitad del proceso hasta que se ofreció
Juan Vincenty. Cuando le negaron la excarcelación y supo que iba a pasar la Navidad adentro le dio un
calor por dentro desde la cintura hasta la cabeza y se desmayó.
En
la cárcel empezó a arreglar los autos de la Policía y se fue a trabajar al taller del penal
2. "Organicé el taller del penal y me hice compinche con los
penitenciarios y con el director Darío Chacón. Él estaba entusiasmado con mi
trabajo. En una madrugada reparamos una camioneta del penal de Bariloche. El
repuesto llegó a las 9 de la noche y a las 7 de la mañana la camioneta estaba
lista y limpia para volver".
"El
día que el fiscal me pidió 16 años no lo podía creer. Y adentro me decían si el
fiscal te pidió 16 el tribunal te va a dar 8 seguro". Ya se había hecho la
idea. No dormía. "En la sentencia no entendía nada. Lloré cuando me
absolvieron y el tipo que me trasladó me dijo 'te voy a tener que poner las
esposas por ultima vez' y así volví al penal de Roca. Cuando llegué a buscar
mis cosas, los penitenciarios me dijeron 'te vamos a armar una causa interna
así te quedás un año más adentro y seguís con el tema del taller'".
Fuente: Revista de Pensamiento Penal.
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